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lunes, 1 de agosto de 2016

CANO


Ya saben que ha muerto Cano, el fotógrafo taurino. Ciento tres años. Parece que se le conocía cariñosamente como Canito, pero a nosotros nos gusta más lo de Cano, que es más serio, de más empaque. Así es como firmaba sus fotos. Descanse en paz. De fotógrafos taurinos nos habló en su día el dueño de Salvador. No es que le conociéramos, ni tuviéramos especial trato con él. No vamos a darnos pisto. Es que era amable y aficionado a la tertulia, dos grandes cualidades, y como éramos la última mesa de la hora de comer de un viernes, a la salida nos entretuvimos un poco y le preguntamos cosas. Ya se daría él cuenta de que lidiaba con unos novatos, pero no por eso dejó de atendernos. Entre otras cosas hizo una referencia a la fotografía taurina como profesión, comentando que “claro, hoy en día que cualquiera en la plaza te saca una foto decente, eso se ha terminado. Como profesión me refiero. Yo a algunos que vienen por aquí pues les sigo comprando, tengo montones, no me caben ya. Es por echar una mano.” Algo sí fue lo que nos dijo. Lo que teníamos que haber hecho era pedirle permiso para volver a sentarnos, pedir otro café, pedirle a él que se sentara con nosotros, cerrar el local, encender un cigarro grande, y luego charlar. Pero si no recuerdo mal algún prisucas debía de haber en el grupo, alguno de esos que se sorprenden de que se hable con la gente; uno de los que atienden todo el tiempo el móvil y, si no, lo miran ansiosos de reojo; uno de los que se extrañan de que se siga acudiendo a la plaza de toros y en el momento asegura, todo ancho y pelele, que los menores no pueden entrar, que no es para ellos espectáculo tan fuerte o que se aburren; uno de los que viven como encerrados en la manga de los corrales, corriendo todo el tiempo ciegos hacia los chiqueros, para acabar encajonándose en los más entecos y estrechos horizontes, reduciéndose a la condición de becerro productor. Un gilipollas vamos. Pero el gilipollas debió de tirar del carro porque tenía mucha prisa, muchas cosas que hacer, porque le habían puesto hora, porque vaya usted a saber. Y los demás, más bobos entoavía, le seguimos. Y luego el Sr. Blázquez se murió. La muerte de Cano coincide con un año de presagios regulares para los aficionados a los toros: continúa el mono encaste y se sigue podando inmisericorde la variedad de la cabaña brava; las alternativas a lo de siempre, Victorino, Adolfo, parece que han iniciado una evolución, fruto sin duda de la presión ambiente, hacia algo más manejable. La desgraciada muerte de Victor Barrio es obra de la cornada de un toro de origen Santa Coloma, lo que no hará sino marginar un poco más a esta línea de Vistahermosa. Las terribles cogidas en las novilladas veraniegas de Las Ventas parecen indicar (lo decimos con toda prudencia) una pésima preparación de los novilleros, poco puestos, poco placeados, mentalizados para el toreo moderno, con el toro de vaivén que vacía las plazas porque es aburrido y tiende a ser, además, feo. Y finalmente, para rematar, la proliferación de los indultos –en días pasados a un toro de Victorino y a otro de Adolfo, precisamente- que es casi el peor de los síntomas, porque revela que el público ya no sabe lo que son los toros ni a lo que se va a la plaza. Esto está en perfecta sintonía con la prohibición de matar al Toro Vega, perpetrada por el PP de Castillo y León que esperamos que por fechorías como esta se lleve su merecido y que allana el camino a todas las persecuciones. Aunque los síntomas apuntados parecen indicar que las amenazas a la Fiesta provienen más bien de su propia evolución que del acoso exterior.  Pero bueno. Ya se sabe que desde el comienzo de los tiempos, los Toros han estado siempre en crisis. La afición aguanta y la juventud parece que se arrima. Trataremos de acudir a Bilbao en unos días a ver a Ureña con los Victorinos.
A.B.

Cano con el actor Heston.